“Mandala” de Seongdong Kim

Mandala es una novela del dolor humano. Del dolor humano más escorpiano, profundo, confuso, asfixiante. De ese del cual no hay vuelta atrás: se saldrá destruido o reconstruido, pero nunca igual. Las piezas con las que nos encastrábamos al telón de fondo de la realidad ya no cuentan para nada.

La novela se sostiene sobre el fondo geográfico e histórico de una Corea moderna. Seongdong Kim (1947), que fue novicio zen, relata el tránsito de Bobún, un joven monje budista, a través del bosque denso de la vida religiosa en ese país. Podría ser considerada una novela de denuncia sobre las hipocresías de las jerarquías monásticas e institucionales de esa religión (de hecho, la publicación del cuento en el que Kim basó esta novela, “El pájaro del pez de madera”, hizo que lo echaran de la orden budista coreana), pero esa interpretación tiene dos consecuencias: la primera es que hace esquiva la lectura a cualquier lectora o lector que no comulgue o sepa algo de budismo (para quienes la novela, sobre todo si son occidentales, es una gran manera de disolver cualquier fantasía creada en torno a la supuestas “pureza” de los religiosos budistas de extremo oriente) y la segunda que quita el foco de atención del verdadero drama subyacente.

Bobún está discutiendo sus certezas vitales más profundas, a las que verdaderamente atacan las filosofías más vitalistas. El marco religioso es secundario si prestamos valor al desgarramiento interno que está sufriendo el personaje y que, si somos lectores comprometidos, nos va a golpear con fuerza.

Los personajes que lo rodean son daimon, interrogadores que ponen en jaque todas las certezas a las que Bobún desea agarrarse con la fuerza de un bebé al pecho materno. Cualquier cosa que ofrezca una saliente en la roca para estirar el brazo y durar vivo un poco más con una consciencia que llamaríamos “saludable” va a ser objeto de deseo por parte de este personaje. Sin embargo parece no haber saliente posible: Su compañero Yisán  (monje “depravado”, alcohólico, pasional) está tallando una figura de Buda; primer impacto que rompe las ilusiones inocentes de Bobún frente a la vida “espiritual”, “me acerqué y, ante su obra, di un grito. El Buda tallado con una agilidad increíble tenía una cara espantosa, atormentada y deformada como si hubiese sufrido todas las angustias y las desilusiones del mundo”. “¿Este es el rostro de Buda?”, preguntará. “¿Y por qué no? ¿Piensas que la cara de Buda tiene que ser agraciada como la de un hombre feliz?”. Nos recuerda a Nietzsche, supremo denunciante de las morales decadentes, quien nos aclara de un martillazo que la vida plena es una vida que se sumerge sin miramientos en todos los aspectos del existir, incluso en aquellos más terribles. ¿Puede portarse una máscara con una sonrisa compasiva en ese momento, o es válido dejar salir del fondo de nuestras entrañas esa mirada angustiante del Buda tallado?

“Sin embargo… ahora con cincuenta y cinco años de edad, apenas puedo vaciarme. Cualquier tipo de yugo, de relación, no me deja libre. Pienso en la última partida. Se acerca el momento de la última decisión. Allí veo la montaña, tan cerca”. Palabras del autor en el epílogo

Y hacia allá va esta novela. A vaciar de contenidos al personaje, al autor, y también quizás al lector, para hacer espacio a todos los contenido posibles y ser más humanos que nunca.

Juan Manuel Grande


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